Medellín-2 12.11
Nuestras autoridades legislan los temas de tráfico a golpe de estadística, es decir, si más de la mitad de los muertos que no llevaban cinturón, se obliga a ponerlo y así sucesivamente para reducir el número de accidentes.
En Medellín se hace lo mismo: si las últimas muertes por disparo en la calle han estado protagonizadas por jóvenes varones sentados en la parte de atrás de una moto, se prohíbe ir dos chicos en moto.
Que ha entrado alguno de los malos amparando su anonimato dentro de un casco de moto, a partir del anochecer, en ese barrio se entra con el casco fuera de la cabeza. Toda norma es poca para reducir las muertes violentas.
Pero esta filosofía de legislar aplicando la estadística tiene algunos aciertos que podríamos copiar:
Si un político en ejercicio de sus funciones es imputado en un asunto de corrupción, automáticamente deja su lugar y no puede ser ocupado por otro, de esta manera, el partido responsable de ese individuo pierde un escaño.
A esto le llaman ‘la ley de la silla vacía’. A ver si cunde el ejemplo.
Si esta ley se aplicara en la Comunidad Valenciana las Cortes iban a estar bastante cambiadas.
Una de las cosas que más sorprende en Medellín al visitante primerizo es lo acostumbrados que han estado a la violencia. Cosas que nos parecen extraordinarias a ellos les parecen normales, porque han tenido tiempos mucho peores.
Aunque son extremadamente cuidadosos en advertirte que no debes ir solo por determinados sitios una vez anochecido (en realidad por casi todos los sitios).
La llegada de la noche, al menos por el centro, da salida a una fauna de ‘ratas de la noche’ que por el día deben estar durmiendo por algún rincón y salen todos a la vez.
Los organizadores del festival de teatro ponen un guía a cada una de las compañías extranjeras que vienen y les acompañan constantemente.
Si son altas horas de la noche y vas a necesitar un taxi, no dejan que te vayas con cualquiera y te facilitan uno de ‘confianza’.
La televisión local dando instrucciones para las navidades, sugiere que no nos fiemos de los taxis y que si hay sospecha le hagamos una foto al taxista y la enviemos por móvil a un familiar para tomar precauciones.
La verdad es que no se puede venir solito si no quieres hacer turismo-aventura pero de verdad.
Los teleféricos que han puesto en dos cerros de gente pobre ha permitido integrarlos en el transporte de la ciudad y al visitante le permite contemplar por encima de los tejados de uralitas unas zonas por las que no se atrevería nunca a transitar, en una especie de voyeurismo de ver la intimidad de los otros sin ser visto, desde la cabina encristalada pasando sobre todos ellos como en un reportaje de la tele.
Mientras escribo esto, recién traída la cena al hotel antes de que sea peligroso salir a cenar, en las noticias afirman como resumen de las últimas elecciones que los asesinatos a candidatos a alcalde han disminuido desde las anteriores elecciones un veinte por ciento: esto está mejorando.
No es un asunto exclusivo de Colombia, porque se repite en casi todos los países pobres. Se trata de las trampillas metálicas del agua y el alcantarillado cuando lo hay. Es un bien codiciado, es decir, que se las llevan supongo que para venderlas. En las calles principales de las ciudades las reponen pero en el resto se deja tal cual.
Esto te obliga a ir mirando el suelo constantemente por que está lleno de agujeros.
Lo que si parece exclusivo de este lugar es la existencia de candados en las trampillas para evitar su desaparición, lo que te obliga también a mirar al suelo: o metes el pie o tropiezas con el candado.
También hay que llevar cuidado en no pisar a los que duermen en las aceras o simplemente están tumbados o quien sabe.
Cuando se pone a llover (estamos en temporada de lluvias) y te toca correr por las aceras, la cosa se pone más delicada y parece un deporte de riesgo.
La navidad les encanta: el último día de noviembre, Medellín se pone a tirar petardos y cohetes (que están prohibidos) para celebrar que llega diciembre y el día uno, los políticos empiezan a felicitar a todo el mundo las navidades por la televisión.
La prohibición de la pólvora parece que tiene que ver con que los malos aprovechan los festejos para camuflar los disparos entre tanto ruido.
Las autoridades insisten en que no se utilice pólvora y como aviso final dicen que los disparos al aire serán castigados.
Un buen negocio 11.11
Si hay algo que caracteriza a toda la Sudamérica que conozco, desde Argentina a Colombia, desde Brasil a Ecuador y pasando por Chile, Bolivia, Paraguay o Perú es la existencia en todas las ciudades, en todas las calles, en casi todas las casas y en multitud de comercios de rejas.
Las hay clásicas, sofisticadas, formando dibujos atrevidos o vulgares. En forma de muelle como las de las cárceles o campos de concentración. Electrificadas con cartelito que avisa de la sorpresa que le espera a quien quiera pasar por ellas. Terminadas en puntas afiladas como las lanzas o formando cruces de calatrava con pinchos a ambos lados.
Además de la corrupción que parece un asunto arraigado en todo el continente (y del que los otros continentes no se libran, aunque sea mas sofisticada o de ‘guante blanco’), el negocio mas lucrativo en Sudamérica son las rejas.
De alguna manera y a su nivel no hacen sino imitar a las grandes potencias que desarrollan casi toda la industria a partir del miedo, pero en este continente la cosa reviste unas características más cotidianas, de andar por casa.
Cuando llevas unos días por aquí no se te hace extraño ir a comprar algo y que te atiendan detrás de una reja, con un pequeño agujero para darte el producto o recibir el dinero correspondiente.
Cualquier trayecto en bus o taxi es una excursión turística donde puedes apreciar todo tipo de rejas a veces idénticas por calles o barrios, donde el más rico se hace notar no ya por tener un vehículo de gama mas alta sino por proteger su casa con unas rejas mejores que sus vecinos.
Si por atrevimiento o por tener la suerte de ser acompañado visitas alguna zona ‘socialmente desfavorecida’ compruebas que incluso en las casas de no se sabe como las hicieron con un techo de trozos de uralita con neumáticos o ladrillos encima para que el tejado no se vuele cuando haya tormenta, y unas estupendas rejas protegiendo no se sabe qué porque a veces no tienen ni luz ni agua potable, pero si tienen miedo de que les roben no sabemos qué, porque nada tienen.
Solo algunos lugares exclusivos para gente privilegiada no las tienen: son urbanizaciones con vigilantes privados, siempre con armas de fuego y a veces con metralletas, donde no se puede entrar si no te esperan y que se complementan con todo tipo de vigilancias por video sofisticadas de última generación.
Son los elegidos y posiblemente los fabricantes de rejas.
Medellín 11.11
A los habitantes de esta ciudad les debió parecer el nombre demasiado fino y empezaron a llamarla Medallo, que resulta como más varonil.
Cuando tuvieron tiempos muy duros como una de las sedes del narcotráfico, algunos empezaron a llamarla Metrallo.
No se puede hablar de Medellín sin tropezarse con la imagen, los testimonios o las obras de Pablo Escobar: el Robin Hood de los narcos.
Este buen (?) hombre no dudaba en pagar una fiesta para un barrio entero o construir pistas deportivas, escuelas o lo que hiciera falta, cubriendo los déficits sociales a los que el estado no llegaba, y, al mismo tiempo poner unas cuantas bombas indiscriminadamente por la ciudad para hacer saber quien es el que manda.
En un alarde de poder y de generosidad propuso pagar toda la deuda externa del país (negociando, naturalmente).
Se trata, sin duda, de un personaje querido por la mayoría:
trajo mucho dinero a la ciudad y lo repartió para gloria propia y pensando en las necesidades de la gente humilde.
Tal vez por estos antecedentes, los gobernantes que ha habido después de su muerte han desarrollado la ciudad priorizando infraestructuras en los sitios mas carenciados y dándole una importancia prioritaria a la cultura.
De todas maneras, la violencia no ha terminado: existe en la ciudad una asimilación de la violencia donde el asesinato y la muerte violenta forma parte del paisaje.
Para tener una idea aproximada de los últimos tiempos donde esto ha descendido bastante se puede consultar
http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/el_precio_de_las_armas/el_precio_de_las_armas.asp
Medellín es un abanico de propuestas culturales de todo tipo: festivales, becas de creación, acercamiento de actos culturales a zonas desfavorecidas, subvenciones a artistas y creadores, etc.
En estos asuntos supera con creces a casi todas las ciudades españolas.
Pero su pasado y su presente hace que cada vez que vas a dirigirte a un lugar o a alguna actividad, los medellinenses te aconsejen que debes ir acompañado y tener siempre mucho cuidado: nunca se sabe qué o donde puede ocurrirte algo.
La gente ve como normal cualquier atraco, secuestro o balacera y suelen insistir en que ahora se está mucho mejor.
Los acontecimientos en este país desde los años ochenta y noventa han tenido como consecuencia la no llegada de extranjeros, y, ahora que empiezan a venir los están tratando bien.
Sus habitantes están pendientes de ti, de ayudarte u orientarte en cualquier duda o situación, lo que convierte la estancia en un placer.
Caso diferente son los colombianos de la costa (Cartagena, Santa Marta, etc.), que siempre han tenido visitantes y viven de ellos, no tienen los detalles de los que se disfrutan con los colombianos del interior.
La ciudad ha crecido de forma muy acelerada, llegando a más de tres millones contando las poblaciones del gran Medellín.
Situada entre dos montañas, la ciudad está en el valle mientras por las montañas van subiendo los poblados, generalmente de gentes que huían de la guerrilla, los paramilitares o los narcotraficantes, muchas veces sin planificación ni infraestructuras, como en la mayoría de las grandes ciudades de Sudamérica.
Drogas y sustancias.
Hay una cadena de droguerías que se llama “Drogas la rebaja”, y realmente es cierto.
Aunque lo típico del lugar es la cocaína, se mueven como el mercado y cultivan lo que el cliente pide. Así pusieron en marcha algunos miles de hectáreas para la marihuana y, cuando vieron el negocio de la heroína no tardaron en plantar amapolas.
Venir aquí y no probar es como llegar desde otro país a Valencia y no comerse una paella.
En la cata me inclino por lo clásico y lo primero que sorprende es la facilidad de adquisición (estoy con grupos de artistas y en el arte ya se sabe) y el precio: cuatro euros la ración, y, desde luego, en ese precio está incluida la comisión del contacto.
Los políticos siguen discutiendo acerca de la legalización o no de las sustancias con los mismos argumentos que se usan en el resto del mundo.
Cartagena, fin de fiestas 11.11
El día siguiente de terminar las fiestas, el periódico local nos cuenta el balance resumen:
seis asesinatos
doscientas ochenta y tres peleas colectivas (de las que tiene noticias la policía)
ciento ochenta y tres asaltos (denunciados)
y algunos destrozos de mobiliario urbano.
Sin embargo, durante estas fiestas, el centro histórico ha sido absolutamente
seguro donde podías pasear con tu cámara o sacar dinero en cajeros sin problemas.
Al comentar esto con los cartageneros, aseguran que ahora las cosas estan mejor
que antes, que las cosas estan cambiando para bien. Y te lo crees.
La reina de la belleza ha sido elegida y la ciudad vuelve a la normalidad: sigue
habiendo gente en la calle durante todo el día que no se sabe que hacen y cuando
llega la noche conviene buscar el hotel como en los juegos infantiles buscábamos
un lugar seguro al que llamábamos 'madre' y donde no te podía pasar nada malo.
Cartagena de Indias 11.11
La llamaron así para diferenciarla de la otra hermana española.
Es una hermosa ciudad con muchos edificios perfectamente conservados y once kilómetros de murallas: los colombianos la enseñan como la más histórica de sus ciudades.
Aquí tienen casa desde García Márquez hasta los Clinton, pasando por Mike Jagger y algunos más.
Los huracanes del Caribe nunca pasan por aquí.
El viajero solitario no sabía que en estas fechas se celebran varios e importantes eventos: el día once de noviembre es el aniversario de la independencia (de España, naturalmente), que este año, casualmente hace doscientos años.
También es la final de la elección de misses que en este país es más importante que las fallas en Valencia.
Como en los dos acontecimientos se hacen desfiles, los cartageneros aprovechan y ponen en estas fechas el carnaval: todo el mundo disfrazado con mucho esmero y muy sexy.
Antiguamente había una costumbre parecida al Halloween gringo: los niños iban por las casas cantando y les daban dinero o ingredientes para preparar el sancocho (un guiso de aquí, exquisito que combina pescado frito, arroz y yuca y lo sirven con sopa de pescado).
Pero la costumbre degeneró y ahora, se forman auténticas bandas de niños descerebrados y menos niños (generalmente muy bebidos), que piden (por lo general a los extranjeros) monedas bajo la amenaza de llenarte de espuma, azulete o simplemente (los mas educados) mojarte.
La costumbre de las cancioncitas infantiles se ha transformado en verdaderos atracos que no te dejan respirar. Así, en una misma calle ayer pagué siete peajes de estos.
Hasta las mismas autoridades advierten de que no vayas a la fiesta con nada de valor, que no aceptes bebida de nadie y que cuides tus pertenencias.
El periódico local denuncia que en algunos barrios se han montado ’controles’ de gente que pide un peaje a peatones y vehículos para poder acceder a la fiesta. Los que no pagan son obsequiados con azulín (polvos de azulete), espuma, y, en algunos casos orines y excrementos.
También advierten que en numerosos casos no se trata de unas monedas, sino que te echan la espuma a la cara y te roban todo lo que llevas.
Esta ciudad tan hermosa, estos días se transforma en una ‘ciudad sin ley’ donde es lo mismo que haya o no policías o que el ayuntamiento prohibiera estas ‘mordidas’.
La única manera de ver con un poco de tranquilidad esta hermosura es madrugar mientras los cartageneros duermen la mona.
Después de dos días de fiesta, el sábado amanece con un despliegue de policías fuera de lo común, es decir, uno en cada esquina y la cosa parece que se normaliza un poco aunque sigue dando yuyu acercarse a ver los actos oficiales o alejarse mas de dos cuadras del hotel. Que pena.
Taganga 11.11
A ocho o diez kilómetros de Santa Marta hay un pueblito que era de pescadores, en una bahía de película y protegido de los huracanes por una sierra que es un parque natural llamado Taganga.
Hace algunos años comenzaron a llegar unos jóvenes melenudos a los que los oriundos llamaban ‘los locos’ , hippies gringos, argentinos y de otros lugares y se fueron haciendo casitas artesanales, y fueron construyendo hostales baratos para viajeros sin mucho dinero.
Ahora es un lugar que podríamos llamar turístico si no miramos la costa española, así que hay visitantes pero no demasiados.
Desde la bahía, en medio de la gente que se está bañando salen constantemente barquitos que te llevan a bucear, al parque natural o a otras calas simplemente maravillosas que hay a la derecha.
Los que no se dedican al turismo, pescan y muchos hacen las dos cosas con lo que el pescado fresco está asegurado a unos precios asequibles (ocho euros), acompañado de arroz, rodajas de plátano frito y ensalada.
A veces hay que llevar cuidado porque en el agua absolutamente cristalina no tienen problema alguno en tirar botes de cerveza o vasos de plástico pero ya parece que se están dando cuenta de que ese no es el camino.
En los hostales (hoteles para mochileros), se puede cocinar y casi todos ellos tienen una especie de jardín con hamacas y una pequeña biblioteca.
En la calle venden de casi todo (zumos naturales, arepas de maíz, empanadas o pinchos a la brasa) y los restaurantes son asequibles.
Nada que ver con el caribe de pulsera de plástico, caipirinhas y barra libre que ofrecen cubanos o dominicanos.
Los colombianos, al menos los de esta zona, parece que nacieron gritando y con una cerveza en la mano, y no han dejado ninguna de las dos costumbres.
Son un poco descuidados con el tema de las basuras, pero se les ve buenas gentes: aquí no parece que llegaron los muertos del narcotráfico o de la guerrilla, como parece que tampoco llegan los huracanes que la sierra los protege.
La industria turística está empezando a desarrollarse y todos alquilan hamacas, gafas para bucear o sillas de plástico: como en España en los sesenta.
El agua es cristalina tirando a verde y cuando te metes no lo notas, es decir que debe estar a la temperatura del cuerpo.
Todo quedaba así como idílico, algo sucio pero tranquilo y no muy caro, pero hoy, en una casa que cambian libros (por una módica suma, naturalmente), me encuentro unos españoles cooperantes en Ecuador que se están dando un paseito de regreso al hogar y me cuentan que justo al lado de donde yo estoy alojado, ayer,a plena luz del día, a punta de navaja les robaron todo, incluídos pasaportes.
El señor que cambia los libros, nos aconseja cuando nos atraquen, poner cara de ser mas malo que el atracador para hacerle desistir, pero parece que sus consejos no los acabamos de entender. A continuación, como resumen dice que lo que pasa es que Colombia es Colombia.
Fueron a denunciar, reconocieron en fotos a los malos, se los señalaron a la policía, pero dicen que no pueden hacer nada porque no saben donde viven.
Que los dioses nos libren de los malos y de los policías, que el pescado siga estando fresco y bien cocinado y que no nos encontremos muchas latas de cerveza ni vasos de plástico en las aguas cálidas y transparentes del caribe colombiano.
Colombia 11.11
Dos días antes de llegar ha habido elecciones regionales y locales y, según la prensa ha habido cambios importantes.
Pero aquí las cosas son especiales: en 23 pueblos o ciudades los perdedores han quemado las urnas y lo que había dentro.
En otras cuatro ciudades han quemado también la casa del alcalde o el ayuntamiento. Efectivamente han sido unas elecciones muy participativas.
Bogotá: la foto imposible.
En una cadena de tres vuelos en un día, tengo que hacer ocho horas de espera en el aeropuerto de Bogotá, y, como es natural entre los adictos, salgo a la puerta a fumar.
De pronto cuatro individuos con un cierto uniforme que no es de la policía, salen deprisa con la pistola en la mano y el dedo en el gatillo y se distribuyen estratégicamente, muy serios como a punto de empezar la balasera.
El quinto personaje, sale un poco después, pero este con metralleta también a punto de disparar.
El viajero solitario que de entrada es optimista, piensa que se debe tratar de un video-clip, pero se pone a observar y se da cuenta de que aquello va en serio.
Pronto se encuentra la explicación: el sexto de los personajes lleva una bolsa grande y va dirigiendo sus pasos hacia un furgón blindado, donde, de uno en uno, apuntando con el arma y de espaldas, van entrando los otros protagonistas.
El viajero solitario piensa que un aeropuerto internacional debe ser de los lugares más seguros de un país y no quiere pensar como debe ser el transporte de dinero en los barrios periféricos.
Santa Marta
Es una hermosa ciudad junto al Mar Caribe con unos edificios coloniales estupendos y un ambiente general donde parece que nadie tiene nada que hacer.
En el trayecto desde el aeropuerto a la ciudad veo un belén de cartón – piedra en un parque, y, como es el día uno de noviembre le pregunto al taxista si no es un poco temprano para empezar la navidad a lo que me contesta que diciembre es demasiado corto.
Supongo que con el año nuevo empezarán a preparar el día de san Valentín que por aquí se celebra mucho.
Santa Marta vive del turismo pero da la impresión de que lo entienden como el narcotráfico, es decir, una actividad de enriquecimiento inmediato, y en cada sitio intentan cobrarte más cuando te oyen el acento.
Me alojo en un hotel aparentemente tranquilo cerca de la playa, pero al llegar la noche empieza la bulla: música subidísima de volumen y mucha gente con pinta de mal vivir que inunda la calle. Le pregunto al encargado y me dice que esa calle es ‘zona de tolerancia’ , le pregunto si llaman así al barrio de las putas y me dice que si.
La verdad es que Santa Marta no está nada mal, pero me han hablado del típico pueblo de pescadores en una bahía de postal: Taganga a diez minutos en furgoneta y para allí nos vamos.
Manaos 10.11
Había leído tanto sobre esta ciudad que forzosamente tenía que decepcionarme.
A principios del siglo XX, cuando descubrieron que vulcanizando el caucho se podían hacer ruedas para los coches y que el único sitio del mundo donde crecía el árbol era en el Amazonas, Manaos llegó a ser tan rica que aseguran los cronistas de la época que la gente pudiente mandaba lavar la ropa a Londres.
Construyeron un teatro de ópera y algunos palacios trayendo los materiales desde Europa: cristales de Murano, junto a Venecia, mármol de Carrara en Italia y muebles y decoradores de París y Londres principalmente.
Se hicieron tan ricos que fue la primera ciudad en Brasil que tuvo electricidad o tranvías.
Todo se hizo a costa de los pobres indios que fueron tratados como esclavos o simplemente exterminados.
Aunque la riqueza llegó hasta Iquitos, fue aquí donde se vivió la ‘época borracha’ con un despilfarro y un lujo no imaginable en ninguna otra ciudad del mundo.
Pero los ingleses que no son tontos se llevaron algunos miles de plantas a Malasia y a los pocos años el esplendor de Manaos se vino abajo.
Solo cuando en la segunda guerra mundial, Japón invade Malasia y controla el caucho empieza Manaos a resurgir.
Naturalmente, al terminar la guerra y rendirse los japoneses, vuelve a sucumbir.
Mientras tanto la ciudad se fue haciendo grande y a finales del siglo XX para darle un empujón (no olvidemos que se trata de una ciudad en la selva y a muchos kilómetros de la civilización) y la hicieron zona franca, libre de impuestos.
Entre unas cosas y otras ha ido creciendo hasta sobrepasar los dos millones de habitantes.
Aunque los restos del esplendor están en el centro, cuando te alejas un poco te encuentras polígonos industriales, fábricas de coches o tecnología y todas las mierdas de las ciudades europeas pero sin planificar, sin estructurar quedando así convertida en un caos lleno de coches sin carreteras para circular y con un transporte público de pena.
Encima parece que la economía de Brasil va muy bien y que también parece que están sobrevalorando su moneda así que resulta un poco caro para el bolsillo de los jubilados españoles y su ‘paguica’.
Manaos no está preparada para recibir turistas ni visitantes, y el centro histórico, durante el día es un mercadillo repleto de trastos chinos, móviles, tiendas de ropa donde todo el mundo vende algo.
Al anochecer, como a las seis de la tarde, cierran todo y desaparece todo el mundo que debe vivir en los alrededores y la calle se queda desierta con los habitantes de la noche, sin un bar ni un restaurante abierto y el visitante blanco se siente inseguro.
De toda la gente que conocí en el último crucero, todos han salido corriendo de aquí y yo me voy también.
Por si fuera poco, no les entiendo ni me entienden nada, todo lo contrario que en Portugal y se supone que hablan lo mismo.
Como tengo que estar dentro de quince días en Medellín, Colombia, para encontrarme con Sergio y su tropa en el festival de teatro, he pensado que habrá que hacerse la idea y empezar dicho país que ya le voy teniendo ganas.
Salgo para Santa Marta en el caribe colombiano, no muy lejos de Barranquilla y de Cartagena de Indias que parecen lugares entretenidos.
Segundo crucero 10.11
La salida para el tercer trayecto (Tabatinga – Manaos) de tres días y tres noches de duración ya empieza a parecerse a lo que se da en llamar turismo de aventura.
Es aventura que tras comprar el billete un día antes y llegar con el maletón, mi motocarrista de turno y 40º muy húmedos de sudarlo todo, el mismo señor fácilmente identificable porque solo tiene dos dientes, me aborde antes de subir al barco para decirme que hay problemas y que el barco en lugar de salir el sábado sale el miércoles, pero que hay otro que cree que sale hoy y que pregunte en el muelle de mas arriba.
Y allá nos vamos el maletón, mi motocarrista, con el que he renegociado el precio y los 40º.
Es aventura que en el nuevo barco me digan que como los camarotes son de dos camas que tengo que pagar las dos.
Colmado de dignidad y totalmente empapado en sudores pido hablar con el capitán. La empleada chapurrea en portugués con su otra auxiliar y al final consigo pagar una cama.
Como todas las cosas no pueden ser negativas, al partir compruebo que la otra cama no se ha vendido y tengo un camarote para mi solito. Además tiene aire acondicionado y el agua está turbia pero no demasiado negra: esto si que es un crucero de lujo.
Los barcos brasileños están mas humanizados que los peruanos (al igual que sus países respectivos): tienen agua potable gratis para beber y la gente de las hamacas come en plato y no en fiambrera comprada por ellos.
Son más limpios y los brasileños no suelen tirar todo al río como sus vecinos peruanos.
La comida está buena y el volumen de la música permite hablar.
En las paradas, al contrario que sus vecinos, aquí no dejan subir a los vendedores a bordo y si quieres algo tienes que bajar.
El capitán me confirma que el mes pasado unos piratas asaltaron uno de estos barcos y que una señora y un joven que se negaron a darles la plata recibieron un par de tiros de regalo en la cabeza. Después los piratas desaparecieron con el botín, aunque, según el capitán, ya atraparon a uno de ellos (más aventura?).
En la triple frontera, al Amazonas se le une el Putumayo y se hace más grande si eso es posible. Hoy charlando con un colombiano le pedí que me calculara la anchura y me asegura que entre tres y cuatro km.
Los trayectos se hacen cada vez mas rectos y a veces, si no fuera por la ausencia total de oleaje, parecería que estamos en el mar.
Pero la aventura mas excitante es cuando por la noche te acercas a algún lugar iluminado y te empiezan a aterrizar bichos, generalmente voladores, por la cabeza o el cuerpo.
Entonces conviene haber hecho amistad con alguien de la zona para que te explique de que animalito se trata y si viene o no con buenas intenciones.
Aunque la mayoría son pacíficos, hay una especie de cucarachas grandotas con alas grandes también que hacen un ruido como de helicóptero de juguete que me ponen de los nervios: hay que ir por zonas poco iluminadas.
Navegando se nota menos, pero, como bien dice García Márquez, ‘’aquí hace tanto calor que las gallinas ponen los huevos fritos’’.
Agradeces que el día sea nublado o que caiga de vez en cuando un diluvio instantáneo que refresque un poco.
Los extranjeros (todos menos yo en hamacas) que viajan son de lo más variopinto: un sueco que hace ocho meses que salió de Chicago, donde trabajaba y cuando termine el Amazonas se va a hacer las Guayanas; un neozelandés que vive en Pekín y desde Manaos se va en moto a Bolivia (las motos vienen sobre el barco); un suizo que viene de Colombia y luego ni se lo ha pensado donde irá, una sudafricana que desde Manaos irá a Sao Paulo para regresar a su país, etc.
Buenas gentes que no parece que tienen intención de hacer viajes organizados.
Naturalmente yo soy el mas viejo con mucha diferencia. Y esa es la explicación que les doy cuando me preguntan porque no duermo en una hamaca con ellos.
Poco antes de llegar a Manaos, el 'encontro das aguas' donde se juntan sin juntarse el Amazonas y el Rio Negro que viene desde Venezuela. Discurren en paralelo sin mezclarse hasta mucho mas adelante. Tienen distinta velocidad, distinta temperatura y distintos componentes dibujando en el centro del río una linea recta que separa los dos colores.
Había leído que se hacen excursiones para ver ese fenómeno, pero nadie me dijo que lo cruzábamos en este viaje. Otra aventura.
Ahora si que parece el mar.
La triple frontera
Se trata de una esquinita en el mapa donde confluyen los tres países: Perú, Colombia y Brasil, con sus tres poblaciones: Santa Rosa, Leticia y Tabatinga, todas ellas junto al Amazonas y todas ellas incomunicadas por tierra y rodeadas de selva.
Es un lugar muy ‘delicado’ donde nadie te pide documentación a no ser que quieras regresar por alguno de los tres países.
Tres formatos de ciudad, tres monedas diferentes y todos los habitantes calculando los cambios para ganarle algunos pesos, soles o reales al visitante.
Pagas en una moneda y te devuelven en otra, y si encima traes dólares o euros tienes que añadir un cambio más que son tres mas (tres, cuatro o cinco elementos tomados de dos en dos), y una regla general: el visitante siempre pierde.
Por aquí siempre se ha dicho que entra y sale de todo (armas, drogas y otros enseres) en todas las direcciones.
Elijo Leticia (Colombia) para alojarme porque parece que es algo mas barato y tienen buen café, pero hay que ir a Tabatinga (Brasil) para comprar (en reales) el billete del barco a Manaos. El viaje en una moto-taxi (motos conducidas por muchachos que te ponen un casco y te sientas detrás) lo pago en soles peruanos que aún quedan, pero cuando trato de pagar el billete del barco en dólares me dicen que no, que está fluctuando mucho y ese día no toman dólares, así que tengo que ir al banco a sacar reales. La verdad es que resulta muy entretenido pero tienes que estar muy atento porque es una de las fuentes de financiación de este territorio: el descontrol del visitante ante las fluctuaciones monetarias.
En los bares de Leticia suenan cumbias y la gente toma café y habla castellano. En Tabatinga, sin embargo suena samba y toman guaraná y caipiriñas. Parece que todo el mundo esta llamado a defender lo suyo para diferenciarse del otro, del vecino, que alguna vez fue también su enemigo.
Aquí el Amazonas recoge las aguas del Putumayo y todavía se hace más ancho y caudaloso. Esta zona en los comienzos del siglo XX fue el único centro de producción de caucho para hacer neumáticos y enriqueció hasta límites insospechados a Manaos e Iquitos a costa del sufrimiento y el exterminio de miles de indios de la selva a los que hicieron trabajar en condiciones inhumanas para sacar el preciado líquido.
El ambiente general en los tres lugares es de no fiarse de nadie. Esto tiene fama de estar pasando de un lugar a otro drogas, armas y electrónica y la gente tiene un aspecto un poco especial. No es lugar para quedarse mucho tiempo.
A finales de octubre se celebran elecciones municipales y regionales y los candidatos ponen carteles por todas partes. En uno de ellos el slogan no puede ser más prometedor, aunque la ortografía no se la revisaron:
‘ Con Dios en tu corazón encuentras la suluzión’
Algunos de los candidatos en cualquier lugar civilizado serían detenidos solo al verles la cara en la foto que le han puesto en los carteles.
Salgo de Leticia antes de que se caliente la campaña electoral y volvemos a navegar.



