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cuidadokechema

un gelato in Siena 04.14

Una señora muy gorda, de boca enorme y lengua todavía más, se ha comprado un helado que se eleva por encima del vaso de plástico que lo sostiene (el más grande que había), hasta el triple del volumen de éste.

El helado se está derritiendo por el calor y la buena señora ha decidido atacarlo de abajo arriba chupando con su gran lengua los churritones que van cayendo.

Va con una amiga, no tan gorda pero mas competente en la faena, y haciendo un alarde de rapidez y eficacia casi se lo ha terminado y le da conversación.

Nuestra gorda amiga ha olvidado (porque parece que tampoco tiene muchas luces), que en esa actividad, las distracciones no mejoran el rendimiento y el helado comienza, como un bicho de película de terror a extenderse por la mano y por el brazo, que ella no duda en chupar con esa lengua que los dioses tan generosamente le han adjudicado.

Del mismo modo que, cuando un trabajador está en una tarea, el empezar una segunda le hace perder el norte de lo que estaba haciendo, nuestra amiga, al chupar el brazo no se ha percatado de que el helado empieza a desparramarse como los pantanos cuando llueve demasiado.

Siempre se aconseja a los nuevos emprendedores que desarrollen aquello que mejor controlan, que hagan lo que realmente saben hacer bien, y nuestra amiga decide que puesto que se trata de chupar, debe hacerlo mas y mejor, con lo que, sin cambiar de estrategia, se pone a chupar a toda velocidad y por allá donde se va desparramando.

Yo la estoy observando desde una terraza donde estoy luchando contra un rissotto de setas y un vino blanco fresquito, pero no puedo dejar de reír: evidentemente se han dado cuenta (la amiga antes) y se van hacia la primera esquina para no ser vistas.

En mi defensa debo hacer constar que no era yo solo, que empezaban a tener bastante público, que la gente se fija en todo.

Esta es otra de tantas historias que sabes como empiezan pero no como terminan. Como la vida misma.

 

 

 

 

 

 

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