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Destinos exóticos

Cuando los europeos venimos por estas tierras no nos libramos de las etiquetas ni de las comparaciones. De esta manera le colgamos el cartel de ‘’exótico’’ a cualquier lugar donde hay cocoteros, playas guapas y gentes que visten raro.

En esta zona los cocoteros, plataneros o mangos crecen como por maldición y los hay en todas partes.

Me estoy trabajando el oeste y sur de Sri Lanka y el verde te estalla en los ojos.

También los bichos, ese que no se sabe si es familia de las arañas y aparece saliendo del desagüe de la ducha y aunque le enchufas el grifo y se va por el agujero, después vuelve a salir: al final amigos para siempre.

Ayer, en una terracita de las pocas que hay me cayó encima una lluvia discreta de hormigas rojas y gordas, y, hasta que el camarero me dijo que aquellas no picaban se me paró el pulso.

De una extensión aproximada del doble del País Valenciá y con mas de veinte millones de habitantes, como hace calor están todos en la calle o subidos en cualquier tipo de vehículo organizando el caos en carreteras o calles transitadas.

No he visto ningún accidente todavía y no me lo puedo explicar: todo transcurre como una danza donde se adelantan o se cruzan rozándose sin tocarse.

Al viajero solitario que solo le gustan los animales en su estado natural o en el plato, se le aceleran los latidos viendo a una especie de cocodrilo pequeño cruzando la carretera sin que nadie lo despachurre. Debe tratarse de una especie diferente porque, al contrario del cocodrilo tiene la piel fina y todos son del mismo tamaño, como de un metro, porque esta mañana, visitando las murallas de Galle ha salido otro a saludarnos. La gente no se hace ni puto caso o sea que no debe morder. Yo, por si acaso, no pido carne en los restaurantes.

 

 

Palermo 04.12

Tengo que pasar unas horas en Palermo esperando un bus para Trápani donde cogeré el avión.

Aunque ya había estado antes, me sorprende el ’’ambiente’’ del barrio de la estación de trenes, donde se pasa mas miedo a mediodía que en otros lugares de la ciudad por la noche.

Tras una visita al barrio, me voy a comer algo a la terraza de un pequeño restaurante donde solo hay dos mesas en la calle.

La otra mesa la ocupa un abuelo que en una primera ojeada clasifico como enfermo de parkinson por sus movimientos repetitivos de su mano derecha, pero la comida tarda en salir y en una segunda aproximación veo que tiene la mano dentro del bolsillo y que los supuestos movimientos parkinson son una paja con todas las de la ley.

Como aquello funciona a sacudidas trato de ver y encuentro la relación entre las sacudidas y el paso junto a nosotros de jovencitas estudiantes que están saliendo del instituto jugueteando despreocupadas.

Efectivamente, el abuelito (mas abuelito que yo), reanuda su masturbación cada vez que junto a el pasa alguna muchachita a la vez que las acompaña con una mirada poco inocente.

Nadie parece darse cuenta o es que ya lo conocen y no le dan importancia, pero a mi me resulta curioso visionar una película tan realista mientras doy cuenta de unos spaguetti carbonara, muy cargados de tocino, por cierto-

Me viene al pensamiento una escena parecida en un pequeño jardín de Napoli donde, un señor mucho mas joven, hacía lo mismo pero en vivo, es decir, con la cosa al aire, cubriéndose de vez en cuando con un sueter que llevaba en la otra mano.

Estaba sentado en un banco cerca de unas niñas (esta vez mas pequeñas que las jovencitas de Palermo) y no reparó en que en el otro banco yo  estaba mirando la escena.

Debe ser el agua del sur de Italia la causante de estas calenturas repentinas, o tal vez el clima, pero no he visto algo así en ninguno de mis viajes.

Si que lo he visto varias veces en Valencia, pero es que en esta ciudad yo hago muchas mas horas.

Las islas eolias 04.12

En un segundo asalto de Sicilia, me voy directamente a las Islas Eolias (de Eolo, dios de los vientos), que están según se sube a la derecha.

Todas ellas volcánicas, todas mediterráneas, con sus higueras y sus limoneros y, de vez en cuando, un chute de azahar que ahora toca. Igualito que nuestra tierra, o mejor, como quisiéramos que estuviera nuestra tierra y, sobre todo nuestras islas.

Aunque bien es cierto que son patrimonio de la humanidad y todas ellas parques naturales, también hay que reconocer que no han edificado ninguna finca de altura y, posiblemente por la difícil situación, están poco habitadas, pero la realidad es que están pero que muy bien conservadas.

Lipari es la mas poblada y los sicilianos no han perdido el tiempo para ordeñarla turísticamente todo lo posible, aunque los precios en abril  son ligeramente contenidos no quiero ni pensar como deben ser aquí los veranos con el rosario de turistas que vienen.

Cada isla tiene su volcán y sus cositas. Así Vulcano goza de unos lodos de azufre bien calentitos que te dejan la toalla para tirarla a la basura y el cuerpo oliendo unos días, pero la mar de terapéuticos. Panarea con su vegetación singular, y, sobre todo Strómboli que es indiscutiblemente la reina de la fiesta, con un volcán activo permanentemente con sus escupitajos de lava y sus humos todo el rato.

Después de haber disfrutado en el Amazonas de un ‘’crucero de pobres’’, decido ascender de clase social y contrato una excursión que resulta ser un ‘’crucero de clase media’’, mayormente de jubilados europeos que, con la excusa de llegar desde Lipari a Strómboli, pasando por Panarea, se para en todas las calas bonitas y rodea los islotes rocosos con el objetivo principal de buscar lugares que fotografiar porque la clase media hace fotos de todo.

El día no sale muy favorable, llueve de vez en cuando y el mar está un poco nervioso. Hay varias ocasiones en que se cumple a rajatabla lo del barco como una cáscara de nuez en el océano, en este caso el Mediterráneo, porque la Principessa, que así se llama el barquito, aunque moderno y de clase media, es mas bien pequeño.

Mi visita a Strómboli estaba pendiente desde hace mas de veinte años cuando ví la peli y este viaje demuestra que no hay que desesperar, que todo llega.

La isla es magnífica, la han conservado de forma espléndida, con sus placas solares, sus pocas calles estrechas y sus coches eléctricos. En la parte oeste, Ginostra es un pueblo al que no se puede acceder mas que en burro, donde todos los vehículos, incluso los eléctricos, están vetados.

El crucero tiene previsto que se haga de noche en Strómboli para poder ver, y sobre todo fotografiar alguna que otra fuente de lava que por la noche se ve mejor y mola mas, pero el tiempo no acompaña y, cuando la Principessa se para bajo el volcán para que las clases medias apunten con sus cámaras para llevarse los escupitajos de lava a casa en formato digital, el mar se cabrea y comienza la montaña rusa donde no sabes si encarar la cámara o protegerte de la vomitona de una vieja de mi edad, de mas arriba de Hamburgo que se acaba de poner blanca tirando a azulada y ha puesto los ojos en blanco.

El tiempo va pasando y el volcán solo nos ha regalado una llamarada, así que todo el mundo sigue preparado con sus cámaras esperando otra que no llega.

El volcán que aseguran tira una vez fuego cada diez minutos lleva mas de media hora con una sola llamarada (¿habrán llegado hasta aquí los recortes?).

La Principessa ya se ha convertido en el balancín de la feria.

Il capitano advierte que puede entrar agua por la puerta de atrás y que estemos preparados.

Me dirijo al contramaestre y le pregunto ¿ siamo securi? A lo que sin pensarlo me responde: ‘’secura, la morte’’.

Miro a mi alrededor buscando la presencia de chalecos salvavidas de esos que te ponen en la Golondrina del puerto y no veo nada.

Cuando ya te habías emocionado con la naturaleza sostenible y el respeto al medio ambiente, piensas que estas en Sicilia, que el cumplimiento de las leyes en esta parte del mundo está como está y que, salvo la muerte, nada es seguro.

 

 

 

Gran Canaria 03.12

Medellín-2 12.11

Nuestras autoridades legislan los temas de tráfico a golpe de estadística, es decir, si más de la mitad de los muertos que no llevaban cinturón, se obliga a ponerlo y así sucesivamente para reducir el número de accidentes.

En Medellín se hace lo mismo: si las últimas muertes por disparo en la calle han estado protagonizadas por jóvenes varones sentados en la parte de atrás de una moto, se prohíbe ir dos chicos en moto.

Que ha entrado alguno de los malos amparando su anonimato dentro de un casco de moto, a partir del anochecer, en ese barrio se entra con el casco fuera de la cabeza. Toda norma es poca para reducir las muertes violentas.

Pero esta filosofía de legislar aplicando la estadística tiene algunos aciertos que podríamos copiar:

Si un político en ejercicio de sus funciones es imputado en un asunto de corrupción, automáticamente deja su lugar y no puede ser ocupado por otro, de esta manera, el partido responsable de ese individuo pierde un escaño.

A esto le llaman ‘la ley de la silla vacía’. A ver si cunde el ejemplo.

Si esta ley se aplicara en la Comunidad Valenciana las Cortes iban a estar bastante cambiadas.

Una de las cosas que más sorprende en Medellín al visitante primerizo es lo acostumbrados que han estado a la violencia. Cosas que nos parecen extraordinarias a ellos les parecen normales, porque han tenido tiempos mucho peores.

 Aunque son extremadamente cuidadosos en advertirte que no debes ir solo por determinados sitios una vez anochecido (en realidad por casi todos los sitios).

La llegada de la noche, al menos por el centro, da salida a  una fauna de ‘ratas de la noche’ que por el día deben estar durmiendo por algún rincón y salen todos a la vez.

Los organizadores del festival de teatro ponen un guía a cada una de las compañías extranjeras que vienen y les acompañan constantemente.

Si son altas horas de la noche y vas a necesitar un taxi, no dejan que te vayas con cualquiera y te facilitan uno de ‘confianza’.

La televisión local dando instrucciones para las navidades, sugiere que no nos fiemos de los taxis y que si hay sospecha le hagamos una foto al taxista y la enviemos por móvil a un familiar para tomar precauciones.

 

La verdad es que no se puede venir solito si no quieres hacer turismo-aventura pero de verdad.

 

Los teleféricos que han puesto en dos cerros de gente pobre ha permitido integrarlos en el transporte de la ciudad y al visitante le permite contemplar por encima de los tejados de uralitas unas zonas por las que no se atrevería nunca a transitar, en una especie de voyeurismo de ver la intimidad de los otros sin ser visto, desde la cabina encristalada pasando sobre todos ellos como en un reportaje de la tele.

Mientras escribo esto, recién traída la cena al hotel antes de que sea peligroso salir a cenar, en las noticias afirman como resumen de las últimas elecciones que los asesinatos a candidatos a alcalde han disminuido desde las anteriores elecciones un veinte por ciento: esto está mejorando.

No es un asunto exclusivo de Colombia, porque se repite en casi todos los países pobres. Se trata de las trampillas metálicas del agua y el alcantarillado cuando lo hay. Es un bien codiciado, es decir, que se las llevan supongo que para venderlas. En las calles principales de las ciudades las reponen pero en el resto se deja tal cual.

Esto te obliga a ir mirando el suelo constantemente por que está lleno de agujeros.

Lo que si parece exclusivo de este lugar es la existencia de candados en las trampillas para evitar su desaparición, lo que te obliga también a mirar al suelo: o metes el pie o tropiezas con el candado.

También hay que llevar cuidado en no pisar a los que duermen en las aceras o simplemente están tumbados o quien sabe.

Cuando se pone a llover (estamos en temporada de lluvias) y te toca correr por las aceras, la cosa se pone más delicada y parece un deporte de riesgo.

La navidad les encanta: el último día de noviembre, Medellín se pone a tirar petardos y cohetes (que están prohibidos) para celebrar que llega diciembre y el día uno, los políticos empiezan a felicitar a todo el mundo las navidades por la televisión.

La prohibición de la pólvora parece que tiene que ver con que los malos aprovechan los festejos para camuflar los disparos entre tanto ruido.

Las autoridades insisten en que no se utilice pólvora y como aviso final dicen que los disparos al aire serán castigados.

Un buen negocio 11.11

Si hay algo que caracteriza a toda la Sudamérica que conozco, desde Argentina a Colombia, desde Brasil a Ecuador y pasando por Chile, Bolivia, Paraguay o Perú es la existencia en todas las ciudades, en todas las calles, en casi todas las casas y en multitud de comercios de rejas.

Las hay clásicas, sofisticadas, formando dibujos atrevidos o vulgares. En forma de muelle como las de las cárceles o campos de concentración. Electrificadas con cartelito que avisa de la sorpresa que le espera a quien quiera pasar por ellas. Terminadas en puntas afiladas como las lanzas o formando cruces de calatrava con pinchos a ambos lados.

Además de la corrupción que parece un asunto arraigado en todo el continente (y del que los otros continentes no se libran, aunque sea mas sofisticada o de ‘guante blanco’), el negocio mas lucrativo en Sudamérica son las rejas.

De alguna manera y a su nivel no hacen sino imitar a las grandes potencias que desarrollan casi toda la industria a partir del miedo, pero en este continente la cosa reviste unas características más cotidianas,  de andar por casa.

 

Cuando llevas unos días por aquí no se te hace extraño ir a comprar algo y que te atiendan detrás de una reja, con un pequeño agujero para darte el producto o recibir el dinero correspondiente.

 

Cualquier trayecto en bus o taxi es una excursión turística donde puedes apreciar todo tipo de rejas a veces idénticas por calles o barrios, donde el más rico se hace notar no ya por tener un vehículo de gama mas alta sino por proteger su casa con unas rejas mejores que sus vecinos.

 

Si por atrevimiento o por tener la suerte de ser acompañado visitas alguna zona ‘socialmente desfavorecida’ compruebas que incluso en las casas de no se sabe como las hicieron  con un techo de trozos de uralita con neumáticos o ladrillos  encima para que el tejado no se vuele cuando haya tormenta, y unas estupendas rejas protegiendo no se sabe qué porque a veces no tienen ni luz ni agua potable, pero si tienen miedo de que les roben no sabemos qué, porque nada tienen.

Solo algunos lugares exclusivos para gente privilegiada no las tienen: son urbanizaciones con vigilantes privados, siempre con armas de fuego y a veces con metralletas, donde no se puede entrar si no te esperan y que se complementan con todo tipo de vigilancias por video sofisticadas de última generación.

Son los elegidos y posiblemente los fabricantes de rejas.

 

 

 

Medellín 11.11

A los habitantes de esta ciudad les debió parecer el nombre demasiado fino y empezaron a llamarla Medallo, que resulta como más varonil.

Cuando tuvieron tiempos muy duros como una de las sedes del narcotráfico, algunos empezaron a llamarla Metrallo.

No se puede hablar de Medellín sin tropezarse con la imagen, los testimonios o las obras de Pablo Escobar: el Robin Hood de los narcos.

Este buen (?) hombre no dudaba en pagar una fiesta para un barrio entero o construir pistas deportivas, escuelas o lo que hiciera falta, cubriendo los déficits sociales a los que el estado no llegaba, y, al mismo tiempo poner unas cuantas bombas indiscriminadamente por la ciudad para hacer saber quien es el que manda.

En un alarde de poder y de generosidad propuso pagar toda la deuda externa del país (negociando, naturalmente).

Se trata, sin duda, de un personaje querido por la mayoría:

trajo mucho dinero a la ciudad y lo repartió  para gloria propia y pensando en las necesidades de la gente humilde.

Tal vez por estos antecedentes, los gobernantes que ha habido después de su muerte han desarrollado la ciudad priorizando infraestructuras en los sitios mas carenciados y dándole una importancia prioritaria a la cultura.

De todas maneras, la violencia no ha terminado: existe en la ciudad una asimilación de la violencia donde el asesinato y la muerte violenta forma parte del paisaje.

Para tener una idea aproximada de los últimos tiempos donde esto ha descendido bastante se puede consultar

http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/el_precio_de_las_armas/el_precio_de_las_armas.asp

 

Medellín es un abanico de propuestas culturales de todo tipo: festivales, becas de creación, acercamiento de actos culturales a zonas desfavorecidas, subvenciones a artistas y creadores, etc.

En estos asuntos supera con creces a casi todas las ciudades españolas.

Pero su pasado y su presente hace que cada vez que vas a dirigirte a un lugar o a alguna actividad, los medellinenses te aconsejen que debes ir acompañado y tener siempre mucho cuidado: nunca se sabe qué o donde puede ocurrirte algo.

La gente ve como normal cualquier atraco, secuestro o balacera y suelen insistir en que ahora se está mucho mejor.

 

http://www.caracol.com.co/noticias/judicial/capturan-en-medellin-a-un-menor-armado-con-una-subametralladora/20111120/nota/1580905.aspx

 

Los acontecimientos en este país desde los años ochenta y  noventa  han tenido como consecuencia la no llegada de extranjeros, y, ahora que empiezan a venir los están tratando bien.

Sus habitantes están pendientes de ti, de ayudarte u orientarte en cualquier duda o situación, lo que convierte la estancia en un placer.

Caso diferente son los colombianos de la costa (Cartagena, Santa Marta, etc.), que siempre han tenido visitantes y viven de ellos, no tienen los detalles de los que se disfrutan con los colombianos del interior.

La ciudad ha crecido de forma muy acelerada, llegando a más de tres millones contando las poblaciones del gran Medellín.

Situada entre dos montañas, la ciudad está en el valle mientras por las montañas van subiendo los poblados, generalmente de gentes que huían de la guerrilla, los paramilitares o los narcotraficantes, muchas veces sin planificación ni infraestructuras, como en la mayoría de las grandes ciudades de Sudamérica.

 

 Drogas y sustancias.

Hay una cadena de droguerías que se llama  “Drogas la rebaja”, y realmente es cierto.

Aunque lo típico del lugar es la cocaína, se mueven como el mercado y cultivan lo que el cliente pide. Así pusieron en marcha algunos miles de hectáreas para la marihuana y, cuando vieron el negocio de la heroína no tardaron en plantar amapolas.

Venir aquí y no probar es como llegar desde otro país a Valencia y no comerse una paella.

En la cata me inclino por lo clásico y lo primero que sorprende es la facilidad de adquisición (estoy con grupos de artistas y en el arte ya se sabe) y el precio: cuatro euros la ración, y, desde luego, en ese precio está incluida la comisión del contacto.

Los políticos siguen discutiendo acerca de la legalización o no de las sustancias con los mismos argumentos que se usan en el resto del mundo.

 

 

 

 

 

Cartagena, fin de fiestas 11.11

El día siguiente de terminar las fiestas, el periódico local nos cuenta el balance resumen:

seis asesinatos

doscientas ochenta y tres peleas colectivas (de las que tiene noticias la policía)

ciento ochenta y tres asaltos (denunciados)

y algunos destrozos de mobiliario urbano.

 

Sin embargo, durante estas fiestas, el centro histórico ha sido absolutamente

seguro donde podías pasear con tu cámara o sacar dinero en cajeros sin problemas.

Al comentar esto con los cartageneros, aseguran que ahora las cosas estan mejor

que antes, que las cosas estan cambiando para bien. Y te lo crees.

La reina de la belleza ha sido elegida y la ciudad vuelve a la normalidad: sigue

habiendo gente en la calle durante todo el día que no se sabe que hacen y cuando

llega la noche conviene buscar el hotel como en los juegos infantiles buscábamos

un lugar seguro al que llamábamos 'madre' y donde no te podía pasar nada  malo.

Cartagena de Indias 11.11

La llamaron así para diferenciarla de la otra hermana española.

Es una hermosa ciudad con muchos edificios perfectamente conservados y once kilómetros de murallas: los colombianos la enseñan como la más histórica de sus ciudades.

Aquí tienen casa desde García Márquez hasta los Clinton, pasando por Mike Jagger y algunos más.

Los huracanes del Caribe nunca pasan por aquí.

El viajero solitario no sabía que en estas fechas se celebran varios e importantes eventos: el día once de noviembre es el aniversario de la independencia (de España, naturalmente), que este año, casualmente hace doscientos años.

También  es la final de la elección de misses que en este país es más importante que las fallas en Valencia.

Como en los dos acontecimientos se hacen desfiles, los cartageneros aprovechan y ponen en estas fechas el carnaval: todo el mundo disfrazado con mucho esmero y muy sexy.

Antiguamente había una costumbre parecida al Halloween gringo: los niños iban por las casas cantando y les daban dinero o ingredientes para preparar el sancocho (un guiso de aquí, exquisito que combina pescado frito, arroz y yuca y lo sirven con sopa de pescado).

Pero la costumbre degeneró y ahora, se forman auténticas bandas de niños descerebrados y menos niños (generalmente muy bebidos), que piden (por lo general a los extranjeros) monedas bajo la amenaza de llenarte de espuma, azulete o simplemente (los mas educados) mojarte.

La costumbre de las cancioncitas infantiles se ha transformado en verdaderos atracos que no te dejan respirar. Así, en una misma calle ayer pagué siete peajes de estos.

Hasta las mismas autoridades advierten de que no vayas a la fiesta con nada de valor, que no aceptes bebida de nadie y que cuides tus pertenencias.

El periódico local denuncia que en algunos barrios se han montado ’controles’ de gente que pide un peaje a peatones y vehículos para poder acceder a la fiesta. Los que no pagan son obsequiados con azulín (polvos de azulete), espuma, y, en algunos casos orines y excrementos.

También advierten que en numerosos casos no se trata de unas monedas, sino que te echan la espuma a la cara y te roban todo lo que llevas.

Esta ciudad tan hermosa, estos días se transforma en una ‘ciudad sin ley’ donde es lo mismo que haya o no policías o que el ayuntamiento prohibiera estas ‘mordidas’.

La única manera de ver con un poco de tranquilidad esta hermosura es madrugar  mientras los cartageneros duermen la mona.

Después de dos días de fiesta, el sábado amanece con un despliegue de policías fuera de lo común, es decir, uno en cada esquina y la cosa parece que se normaliza un poco aunque sigue dando yuyu acercarse a ver los actos oficiales o alejarse mas de dos cuadras del hotel. Que pena.

 

Taganga 11.11

A ocho o diez kilómetros de Santa Marta hay un pueblito que era de pescadores, en una bahía de película y protegido de los huracanes por una sierra que es un parque natural llamado Taganga.

Hace algunos años comenzaron a llegar unos jóvenes melenudos a los que los oriundos llamaban ‘los locos’ , hippies gringos, argentinos y de otros lugares y se fueron haciendo casitas artesanales, y fueron construyendo hostales baratos para viajeros sin mucho dinero.

Ahora es un lugar que podríamos llamar turístico si no miramos la costa española, así que hay visitantes pero no demasiados.

Desde la bahía, en medio de la gente que se está bañando salen constantemente barquitos que te llevan a bucear, al parque natural o a otras calas simplemente maravillosas que hay a la derecha.

Los que no se dedican al turismo, pescan y muchos hacen las dos cosas con lo que el pescado fresco está asegurado a unos precios asequibles (ocho euros), acompañado de arroz, rodajas de plátano frito y ensalada.

A veces hay que llevar cuidado porque en el agua  absolutamente cristalina no tienen problema alguno en tirar botes de cerveza o vasos de plástico pero ya parece que se están dando cuenta de que ese no es el camino.

En los hostales (hoteles para mochileros), se puede cocinar y casi todos ellos tienen una especie de jardín con hamacas y una pequeña biblioteca.

En la calle venden de casi todo (zumos naturales, arepas de maíz, empanadas o pinchos a la brasa) y los restaurantes son asequibles.

Nada que ver con el caribe de pulsera de plástico, caipirinhas y barra libre que ofrecen cubanos o dominicanos.

Los colombianos, al menos los de esta zona, parece que nacieron gritando y con una cerveza en la mano, y no han dejado ninguna de las dos costumbres.

Son un poco descuidados con el tema de las basuras, pero se les ve buenas gentes: aquí no parece que llegaron los muertos del narcotráfico o de la guerrilla, como parece que tampoco llegan los huracanes que la sierra los protege.

La industria turística está empezando a desarrollarse y todos alquilan hamacas, gafas para bucear o sillas de plástico: como en España en los sesenta.

El agua es cristalina tirando a verde y cuando te metes no lo notas, es decir que debe estar a la temperatura del cuerpo.

Todo quedaba así como idílico, algo sucio pero tranquilo y no muy caro, pero hoy, en una casa que cambian libros (por una módica suma, naturalmente), me encuentro unos españoles cooperantes en Ecuador que se están dando un paseito de regreso al hogar y me cuentan que justo al lado de donde yo estoy alojado, ayer,a plena luz del día, a punta de navaja les robaron todo, incluídos pasaportes.

El señor que cambia los libros, nos aconseja cuando nos atraquen, poner cara de ser mas malo que el atracador para hacerle desistir, pero parece que sus consejos no los acabamos de entender. A continuación, como resumen dice que lo que pasa es que Colombia es Colombia.

Fueron a denunciar, reconocieron en fotos a los malos, se los señalaron a la policía, pero dicen que no pueden hacer nada porque no saben donde viven.

Que los dioses nos libren de los malos y de los policías, que el pescado siga estando fresco y bien cocinado y que no nos encontremos muchas latas de cerveza ni vasos de plástico en las aguas cálidas y transparentes del caribe colombiano.


 

 

 

Colombia 11.11

Dos días antes de llegar ha habido elecciones regionales y locales y, según la prensa ha habido cambios importantes.

Pero aquí las cosas son especiales: en 23 pueblos o ciudades los perdedores han quemado las urnas y lo que había dentro.

En otras cuatro ciudades han quemado también la casa del alcalde o el ayuntamiento. Efectivamente han sido unas elecciones muy participativas.

 

Bogotá: la foto imposible.

 

 

En una cadena de tres vuelos en un día, tengo que hacer ocho horas de espera en el aeropuerto de Bogotá, y, como es natural entre los adictos, salgo a la puerta a fumar.

De pronto cuatro individuos con un cierto uniforme que no es de la policía,  salen deprisa con la pistola en la mano y el dedo en el gatillo y se distribuyen estratégicamente, muy serios como a punto de empezar la balasera.

 El quinto personaje, sale un poco después, pero este con metralleta también a punto de disparar.

El viajero solitario que de entrada es optimista, piensa que se debe tratar de un video-clip, pero  se pone a observar y se da cuenta de que aquello va en serio.

Pronto se encuentra la explicación: el sexto de los personajes lleva una bolsa grande y va dirigiendo sus pasos hacia un furgón blindado, donde, de uno en uno, apuntando con el arma y de espaldas, van entrando los otros protagonistas.

El viajero solitario piensa que un aeropuerto internacional debe ser de los lugares más seguros de un país y no quiere pensar como debe ser el transporte de dinero en los barrios periféricos.

 

Santa Marta

 

Es una hermosa ciudad junto al Mar Caribe con unos edificios coloniales estupendos y un ambiente general donde parece que nadie tiene nada que hacer.

En el trayecto desde el aeropuerto a la ciudad veo un belén de cartón – piedra en un parque, y, como es el día uno de noviembre le pregunto al taxista si no es un poco temprano para empezar la navidad a lo que me contesta que diciembre es demasiado corto.

Supongo que con el año nuevo empezarán a preparar el día de san Valentín que por aquí se celebra mucho.

Santa Marta vive del turismo pero da la impresión de que lo entienden como el narcotráfico, es decir, una actividad de enriquecimiento inmediato, y en cada sitio intentan cobrarte más cuando te oyen el acento.

Me alojo en un hotel aparentemente tranquilo cerca de la playa, pero al llegar la noche empieza la bulla: música subidísima de volumen y mucha gente con pinta de mal vivir que inunda la calle. Le pregunto al encargado y me dice que esa calle es ‘zona de tolerancia’ , le pregunto si llaman así al barrio de las putas y me dice que si.

La verdad es que Santa Marta no está nada mal, pero me han hablado del típico pueblo de pescadores en una bahía de postal: Taganga a diez minutos en furgoneta y para allí nos vamos.

 

 

 

 

 

 

 

Manaos 10.11

Había leído tanto sobre esta ciudad que forzosamente tenía que decepcionarme.

A principios del siglo XX, cuando descubrieron que vulcanizando el caucho se podían hacer ruedas para los coches y que el único sitio del mundo donde crecía el árbol era en el Amazonas, Manaos llegó a ser tan rica que aseguran los cronistas de la época que la gente pudiente mandaba lavar la ropa a Londres.

Construyeron un teatro de ópera y algunos palacios trayendo los materiales desde Europa: cristales de Murano, junto a Venecia, mármol de Carrara en Italia y muebles y decoradores de París y Londres principalmente.

Se hicieron tan ricos que fue la primera ciudad en Brasil que tuvo electricidad o tranvías.

Todo se hizo a costa de los pobres indios que fueron tratados como esclavos o simplemente exterminados.

Aunque la riqueza llegó hasta Iquitos, fue aquí donde se vivió la ‘época borracha’ con un despilfarro y un lujo no imaginable en ninguna otra ciudad del mundo.

Pero los ingleses que no son tontos se llevaron algunos miles de plantas a Malasia y a los pocos años el esplendor de Manaos se vino abajo.

Solo cuando en la segunda guerra mundial, Japón invade Malasia y controla el caucho empieza Manaos a resurgir.

Naturalmente, al terminar la guerra y rendirse los japoneses, vuelve a sucumbir.

Mientras tanto la ciudad se fue haciendo grande y a finales del siglo XX para darle un empujón (no olvidemos que se trata de una ciudad en la selva y a muchos kilómetros de la civilización) y la hicieron zona franca, libre de impuestos.

Entre unas cosas y otras ha ido creciendo hasta sobrepasar los dos millones de habitantes.

 Aunque los restos del esplendor están en el centro, cuando te alejas un poco te encuentras polígonos industriales, fábricas de coches o tecnología y todas las mierdas de las ciudades europeas pero sin planificar, sin estructurar quedando así convertida en un caos lleno de coches sin carreteras para circular y con un transporte público de pena.

Encima parece que la economía de Brasil va muy bien y que también parece que están sobrevalorando su moneda así que resulta un poco caro para el bolsillo de los jubilados españoles y su ‘paguica’.

Manaos no está preparada para recibir turistas ni visitantes, y el centro histórico, durante el día es un mercadillo repleto de trastos chinos, móviles, tiendas de ropa donde todo el mundo vende algo.

Al anochecer, como a las seis de la tarde, cierran todo y desaparece todo el mundo que debe vivir en los alrededores y la calle se queda desierta con los habitantes de la noche, sin un bar ni un restaurante abierto y el visitante blanco se siente inseguro.

De toda la gente que conocí en el último crucero, todos han salido corriendo de aquí y  yo me voy también.

Por si fuera poco, no les entiendo ni me entienden nada, todo lo contrario que en Portugal y se supone que hablan lo mismo.

Como tengo que estar dentro de quince días en Medellín, Colombia, para encontrarme con Sergio y su tropa en el festival de teatro,  he pensado que habrá que hacerse la idea y empezar dicho país que ya le voy teniendo ganas.

Salgo para Santa Marta en el caribe colombiano, no muy lejos de Barranquilla y de Cartagena de Indias que parecen lugares entretenidos.

Segundo crucero 10.11

La salida para el tercer trayecto (Tabatinga – Manaos) de tres días y tres noches de duración ya empieza a parecerse a lo que se da en llamar turismo de aventura.

Es aventura que tras comprar el billete un día antes y llegar con el maletón, mi motocarrista de turno y 40º muy húmedos de sudarlo todo, el mismo señor fácilmente identificable porque solo tiene dos dientes, me aborde antes de subir al barco para decirme que hay problemas y que el barco en lugar de salir el sábado sale el miércoles, pero que hay otro que cree que sale hoy y que pregunte en el muelle de mas arriba.

Y allá nos vamos el maletón, mi motocarrista, con el que he renegociado el precio y los 40º.

Es aventura que en el nuevo barco me digan que como los camarotes son de dos camas que tengo que pagar las dos.

Colmado de dignidad y totalmente empapado en sudores pido hablar con el capitán. La empleada chapurrea en portugués con su otra auxiliar y al final consigo pagar una cama.

Como todas las cosas no pueden ser negativas, al partir compruebo que la otra cama no se ha vendido y tengo un camarote para mi solito. Además tiene aire acondicionado y el agua está turbia pero no demasiado negra: esto si que es un crucero de lujo.

Los barcos brasileños están mas humanizados que los peruanos (al igual que sus países respectivos): tienen agua potable gratis para beber y la gente de las hamacas come en plato y no en fiambrera comprada por ellos.

Son más limpios y los brasileños no suelen tirar todo al río como sus vecinos peruanos.

La comida está buena y el volumen de la música permite hablar.

En las paradas, al contrario que sus vecinos, aquí no dejan subir a los vendedores a bordo y si quieres algo tienes que bajar.

El capitán me confirma que el mes pasado unos piratas asaltaron uno de estos barcos y que una señora y un joven que se negaron a darles la plata recibieron un par de tiros de regalo en la cabeza. Después los piratas desaparecieron con el botín, aunque, según el capitán, ya atraparon a uno de ellos (más aventura?).

En la triple frontera, al Amazonas se le une el Putumayo y se hace más grande si eso es posible. Hoy charlando con un colombiano le pedí que me calculara la anchura y me asegura que entre tres y cuatro km.

Los trayectos se hacen cada vez mas rectos y a veces, si no fuera por la ausencia total de oleaje, parecería que estamos en el mar.

Pero la aventura mas excitante es cuando por la noche te acercas a algún lugar iluminado y te empiezan a aterrizar bichos, generalmente voladores, por la cabeza o el cuerpo.

Entonces conviene haber hecho amistad con alguien de la zona para que te explique de que animalito se trata y si viene o no con buenas intenciones.

Aunque la mayoría son pacíficos, hay una especie de cucarachas grandotas con alas grandes también que hacen un ruido como de helicóptero de juguete que me ponen de los nervios: hay que ir por zonas poco iluminadas.

Navegando se nota menos, pero, como bien dice García Márquez, ‘’aquí hace tanto calor que las gallinas ponen los huevos fritos’’.

Agradeces que el día sea nublado o que caiga de vez en cuando un diluvio instantáneo que refresque un poco.

Los extranjeros (todos menos yo en hamacas) que viajan son de lo más variopinto: un sueco que hace ocho meses que salió de Chicago, donde trabajaba y cuando termine el Amazonas se va a hacer las Guayanas; un neozelandés que vive en Pekín y desde Manaos se va en moto a Bolivia (las motos vienen sobre el barco); un suizo que viene de Colombia y luego ni se lo ha pensado donde irá, una sudafricana que desde Manaos irá a Sao Paulo para regresar a su país, etc.

Buenas gentes que no parece que tienen intención de hacer viajes organizados.

Naturalmente yo soy el mas viejo con mucha diferencia. Y esa es la explicación que les doy cuando me preguntan porque no duermo en una hamaca con ellos.

Poco antes de llegar a Manaos, el 'encontro das aguas' donde se juntan sin juntarse el Amazonas y el Rio Negro que viene desde Venezuela. Discurren en paralelo sin mezclarse hasta mucho mas adelante. Tienen distinta velocidad, distinta temperatura y distintos componentes dibujando en el centro del río una linea recta que separa los dos colores.

Había leído que se hacen excursiones para ver ese fenómeno, pero nadie me dijo que lo cruzábamos en este viaje. Otra aventura.

Ahora si que parece el mar.

 

La triple frontera

Se trata de una esquinita en el mapa donde confluyen los tres países: Perú, Colombia y Brasil, con sus tres poblaciones: Santa Rosa, Leticia y Tabatinga, todas ellas junto al Amazonas y todas ellas incomunicadas por tierra y rodeadas de selva.

Es un lugar muy ‘delicado’ donde nadie te pide documentación a no ser que quieras regresar por alguno de los tres países.

Tres formatos de ciudad, tres monedas diferentes y todos los habitantes calculando los cambios para ganarle algunos pesos, soles o reales al visitante.

Pagas en una moneda y te devuelven en otra, y si encima traes dólares o euros tienes que añadir un cambio más que son tres mas (tres,  cuatro o cinco elementos tomados de dos en dos), y una regla general: el visitante siempre pierde.

Por aquí siempre se ha dicho que entra y sale de todo (armas, drogas y otros enseres) en todas las direcciones.

Elijo Leticia (Colombia) para alojarme porque parece que es algo mas barato y tienen buen café, pero hay que ir a Tabatinga (Brasil) para comprar (en reales) el billete del barco a Manaos. El viaje en una moto-taxi (motos conducidas por muchachos que te ponen un casco y te sientas detrás) lo pago en soles peruanos que aún quedan, pero cuando trato de pagar el billete del barco en dólares me dicen que no, que está fluctuando mucho y ese día no toman dólares, así que tengo que ir al banco a sacar reales. La verdad es que resulta muy entretenido pero tienes que estar muy atento porque es una de las fuentes de financiación de este territorio: el descontrol del visitante ante las fluctuaciones monetarias.

 

En los bares de Leticia suenan cumbias y la gente toma café y habla castellano.  En Tabatinga, sin embargo suena samba y toman guaraná y caipiriñas. Parece que todo el mundo esta llamado a defender lo suyo para diferenciarse del otro, del vecino, que alguna vez fue también su enemigo.

Aquí el Amazonas recoge las aguas del Putumayo y todavía se hace más ancho y caudaloso. Esta zona en los comienzos del siglo XX  fue el único centro de producción de caucho para hacer neumáticos y enriqueció hasta límites insospechados a Manaos  e  Iquitos a costa del sufrimiento y el exterminio de miles de indios de la selva a los que hicieron trabajar en condiciones inhumanas para sacar el preciado líquido.

El ambiente general en los tres lugares es de no fiarse de nadie. Esto tiene fama de estar pasando de un lugar a otro drogas, armas y electrónica y la gente tiene un aspecto un poco especial. No es lugar para quedarse mucho tiempo.

A finales de octubre se celebran elecciones municipales y regionales y los candidatos ponen carteles por todas partes. En uno de ellos el slogan no puede ser más prometedor, aunque la ortografía no se la revisaron:

 ‘ Con Dios en tu corazón encuentras la suluzión’

Algunos de los candidatos en cualquier lugar civilizado serían detenidos solo al verles la cara en la foto que le han puesto en los carteles.

Salgo de Leticia antes de que se caliente la campaña electoral y volvemos a navegar.

Segundo trayecto fluvial 10.11

No merece llamarse crucero. Una vez averiguado (y comprobado en un viaje anterior), que ninguno de los barcos que hacen el trayecto Iquitos -  triple frontera tiene camarotes con baño (aunque fuera de agua negra del río para ducharse), y habiendo comprobado en el viaje anterior que, tras hacer cola en el baño común y tratar de ducharte junto al agujero de cagar y comprobar que los peruanos fallan muchas veces en su puntería a la hora de que las cosas caigan en el agujero correspondiente, decido subirme en una lancha rápida y en poco mas de doce horas llegar a mi destino.

Ni paseos a cubierta, ni alterne con el capitán, ni amistades nuevas: viaje monótono con derecho a ventanilla y dos comidas que incomprensiblemente no terminan sobre mis pantalones desparramadas por las sacudidas de la lancha.

El río ahora mas ancho después de adueñarse del Marañón y del Nanay.

A medida que se hace más grande tiene menos curvas, y, conforme nos vamos acercando a la frontera empiezan los controles de la policía y la presencia de barquitos de la armada.

 

Ayahuasca 10.11

Aunque no tenía mucho interés, esta vez (la segunda) me decido hacerlo acompañando a un viajero solitario y una pareja heterosexual (los tres argentinos).

El lugar elegido y del que tenían buenas referencias es una especie de spa a la peruana situado  en la selva a unos kilómetros de Iquitos donde, a base de ayahuasca curan otras enfermedades principalmente a gringos que estaban alojados en cabañas entre los árboles.

La escenografía es de película: cabañas grandes hechas de palos y paja para las ceremonias, comedor y biblioteca, cabañas mas pequeñas para alojarse y un ambiente como muy ‘espiritual’ donde casi nadie habla de nada y vagan por entre los árboles como reflexionando (en inglés) acerca del motivo de su estancia.

Llegamos a media tarde y tenemos acceso a un té (naturalmente sin azúcar) y a preparar el cuerpo para el asunto.

Nos anuncian que el chaman  empezará la cosa como a las nueve y poco antes los extranjeros van saliendo de sus lugares y como los pitufos van acudiendo a una cabaña redonda donde hay instaladas unas colchonetas  con una mantita por si refresca y un recipiente al lado para los vómitos que produce la purga.

En realidad, la ayahuasca es la mezcla de una liana largamente a cocción con una hierba alucinógena: la primera te hace limpiar totalmente el cuerpo por arriba y por abajo y la segunda te da un viajecito.

Evidentemente, cuanto más has ayunado mas garantías tienes de viajar.

Nosotros hemos estado todo el día con frutas para facilitar el asunto.

Unas velas iluminan el recinto y todo el mundo va ocupando sus asientos en silencio y así permanecemos un buen rato.

Después, el chaman llama a uno y, desde él, y según las agujas de un reloj van acudiendo a tomar el trago.

Se trata de un líquido de color marrón que es lo más horrible que yo haya probado jamás.

A continuación, apagan las velas y en absoluto silencio esperas sus efectos.

Como a partir de ahí yo al menos perdí la noción del tiempo, solo recuerdo que de pronto te pones a vomitar hasta la primera papilla y nada mas terminar de hacerlo, una implosión de colores, formas y dimensiones muy extrañas ocupan tu cerebro y tu visión.

En ese mismo instante, un chaman primero y unos cuantos después comienzan unos cantos repetitivos que te van acompañando a lo largo de todo el viaje.

Aunque hay gente que asegura que puede dirigir o elegir sus alucinaciones, la sensación que tuve yo es de que aquello era tan potente que no se podía controlar, sino dejarte llevar por las puras sensaciones.

Tampoco puedes incorporarte hasta mucho después, y no sabes si te estas moviendo o permaneces quieto.

La cosa empieza a  bajar de madrugada cuando van cesando los cantos y los gringos pitufos vuelven a sus casitas del bosque.

Como en el precio entraba el desayuno pudimos comprobar lo frugal de la dieta (quinoa, avena, té y pan), con lo que se explica las sonrisas beatíficas y la extrema delgadez de los inquilinos.

Como con  todos los alucinógenos, los efectos son diferentes según cada persona.

Un aprendiz que nos habló antes de la ceremonia nos explicaba que en los vómitos salen los pecados para después recibir a dios, y es que cada cual trata de encontrar lo que busca.

 

 

 

 

Iquitos 10.11

Cuando llegas a esta ciudad tienes la sensación de haberte metido en un horno, y, debido a la enorme humedad, comienzas a sudar empapando toda la ropa a los cinco minutos.

Solo la lluvia refresca el ambiente, pero estos días que no llueve la cosa es francamente infernal.

Los oriundos no suelen sudar (esto se reserva a los visitantes) pero estos días se les ve sudorosos así que la cosa esta brava.

El gobierno central ha sacado una ley obligando a los motoristas a llevar casco y los iquiteños, principalmente los conductores de moto-carros-taxis, se niegan.

Según ellos el gobierno ha hecho esto pensando en Lima y desconociendo el calor de la selva, y son las leyes las que deben adaptarse al entorno, así que se niegan.

Una empresa china se está encargando de construir un nuevo alcantarillado porque el actual vierte tal cual los residuos al Amazonas y es hora de sanear un poco el ambiente.

Si de habitual es una ciudad bastante caótica, ahora, con calles cortadas y máquinas trabajando la cosa tiene un aspecto de ciudad en guerra. Habituarse a estar en Iquitos es suprimir todas aquellas conductas que puedan ‘acalorarte’: andar despacio, no hacer movimientos bruscos o no enfadarse es más que recomendable.

La lejanía de la capital hace que por aquí las leyes se suavicen y las prohibiciones drásticas de fumar en Lima aquí se transforman en una tolerancia que se agradece.

Iquitos se está haciendo muy grande. Ya pasó del medio millón de habitantes y tiene fama de ser muy suelta de bajos: sus gentes son calientes y muy reproductores.

No dejas de ver niños pequeños y mujeres embarazadas y el puterío en todas sus vertientes es muy tolerado formando parte del paisaje.

Al viajero solitario le salen ‘acompañantes’ de todas las aceras.

Durante el día, sus gentes y sus visitantes aguantan como pueden el calor, pero las noches (solo un poco menos cálidas) dan mucho de sí.

Solo está comunicada con el mundo por aire y por río, lo que hace que algunos productos sean un poco más caros, pero los chinos se encargarán de equilibrar ese tema.

El abuso sexual de niños por parte de la familia o vecinos ha hecho que lleguen hasta aquí algunos pederastas, y, aunque se está luchando por erradicar esa lacra, parece que todavía existe.

Además del Amazonas, las excursiones a la selva y los diferentes turismos sexuales, uno de los atractivos de esta ciudad es participar en una ceremonia de ayahuasca.

Se está generando un turismo psicodélico que viene a eso exclusivamente y detrás de cada árbol aparece un chamán que te asegura que es el más indicado para el asunto.

Algunos restaurantes ofrecen un menú de preparación para estos ‘tragos’ porque hay que preparar el cuerpo bien para volar un poco más.

De ríos y barcos 10.2011

De ríos y barcos      10.2011

 

 

Aunque es el río el que configura comunicaciones, asentamientos y recursos, los habitantes de esta zona se hacen llamar ‘de la selva’ porque es con la que tienen que batallar. A fin de cuentas el río es tranquilo y solamente baja o sube de nivel y es en la selva donde se las tienen que arreglar con mosquitos, cultivos y bichos de toda condición.

Con mil quinientos afluentes, el Amazonas se presenta casi desde el comienzo como algo grandioso de proporciones no imaginadas por los habitantes de países como el nuestro donde la mayoría de los ríos están secos.

 

Visto desde el aire asemeja a una cenefa de curvas repetidas hasta el infinito, donde una línea recta dura lo justo para adentrarse en otra curva. Y es lógico, si tiene que recorrer mas de tres mil kilómetros para descender menos de doscientos metros hasta llegar al mar, y encima está totalmente rodeado de selva, avanza haciendo curvas como buscando una salida y equivocándose constantemente para rectificar y volver a equivocarse.

Entre Pucallpa e Iquitos en línea recta no debe haber más de setecientos u ochocientos kilómetros que el río debe multiplicar por tres.

Este recorrido lo hacen unos barcos que, principalmente se ocupan de transportar mercancías, reservando una bodega de dos que tiene para personas que cuelgan sus hamacas, ponen debajo sus pertenencias y se amontonan allí y algunos camarotes, sensiblemente mas caros para viajeros de mejor presupuesto entre los que me encuentro.

El barco que nos ocupa, el Henry I, de una empresa de siete henrys, llevaba según el capitán ochocientas toneladas de cualquier producto imaginable, ciento veinte pasajeros de hamaca (muy pocos para lo que es habitual) y cuatro pasajeros de camarote (dos en cada uno).

Las hamacas, naturalmente las lleva cada cual, además de una fiambrera para cuando les dan la comida (incluida en el pasaje y cubiertos).

La bodega donde están los pasajeros hamacados, al poco de salir goza de un ‘ambiente’ muy especial: música latina con mucho volumen, alguna película de acción, niños inquietos, gente durmiendo a cualquier hora y trasiego generalizado.

Una campana les avisa de las comidas y la cola se hace automáticamente. Por la noche apagan las luces y la gente sigue igual.

El barco, mas que oxidado, va parando en las pequeñas poblaciones por las que va pasando y los lugareños aprovechan para traer sus productos comestibles y venderlos en el barco. El envase de venta es siempre el mismo: una bolsita de plástico, y en ella igual cabe un arroz con huevo frito que un pescado entero o unos dulces. Después el viajero ya se las arreglará para comerlo.

Los camarotes de este barco (que no de todos), tienen baño privado y los hamacados tres baños de mujeres y tres de hombres con el mismo lugar para el inodoro y la ducha. Naturalmente ésta y el lavabo son con agua del río es decir, negra.

 

El río llega a Pucallpa llamándose Ucayali y es muy grande, pero cuando esta cerca de Iquitos se le suma el Marañón y entonces las dimensiones se multiplican. En algunos tramos tiene más de dos kilómetros de ancho.

Anualmente tiene crecidas que están empezando ahora que es la temporada de lluvias, y es cuando se empieza a navegar sin problemas, pero en la temporada seca, en algunos tramos hay dificultades e incluso algunos barcos encallan en el fondo.

En los lugares ‘delicados’ una lancha del barco sale por delante midiendo con un fierro (aquí se llama así) y orientando la navegación. Cuando esto ocurre por la noche (porque el barco sigue navegando) se entienden por medio de señales luminosas.

Hay varias paradas fijas y muchas ocasionales. En estas últimas es la propia lancha del barco la que va recogiendo a la gente y trayéndola a bordo o al revés, llevándola a la orilla.

El panorama desde la cubierta es siempre el mismo: selva más o menos espesa y algún núcleo de población diseminado.

El Amazonas se sirve en un pack: calor sofocante, lluvias esporádicas pero muy intensas y todo tipo de bichos o insectos imaginables. No se pueden separar los integrantes del pack aunque en mi primer viaje desde Pucallpa los mosquitos (ellos los llaman zancudos) nos respetaron afortunadamente.

La lluvia comienza con unas gotas de aviso y a los diez minutos se pone el cielo negro y descarga durante una o dos horas lo que llueve en nuestro país en medio año.

Curiosamente aquí nadie usa paraguas. Cuando empieza el diluvio todo el mundo se acelera, busca un lugar donde cobijarse y si le pilla de lleno se deja llover porque cuando escampe no tardará en secarse.

Pucallpa 10.11

Pucallpa   10.11

 

 

Es, junto a Iquitos una de las dos ciudades importantes del Amazonas, pero en este caso sí que tiene comunicación con el resto del país por carretera.

 

Aunque es el río el que marca la vida de estas ciudades, ellos se hacen llamar ‘gente de la selva’  y etiquetan conceptos como ‘comida de la selva’ ‘costumbres de la selva’, etc  ignorando siempre al río en sus definiciones.

 

Pobre, calurosa y anti-turística no se  podría hacer una idea de ella sin incluir a las moto-taxi: para una población de trescientas mil almas han repartido mas de treinta mil licencias de moto-taxi constituyéndose en el único, inevitable y ruidoso medio de transporte.

 

Los hay por todas partes y aparecen en cualquier instante. La enorme oferta hace que los precios sean realmente bajos y funcionan todo el día y noche con un  zumbido ausente de silenciador al que inevitablemente te acabas acostumbrando. Yo me he dado cuenta de que no oigo mi móvil peruano y cuando espero alguna llamada lo miro de vez en cuando porque solo se oye el ruido de las moto-taxis .

 

Las cosas importantes, como en todas las ciudades sudamericanas, ocurren en la plaza de armas. Allí llevan a las novias o a los hijos para hacerles la foto y en ella pasean vestidos de domingo con la familia.

 

Hay vendedores de todo tipo, pero unos realmente sorprendentes: hombres vestidos de mujeres con ademanes muy mariquitas y el vestido deformado por globos o pelotas muy grandes exagerando culo y pechos (dos delante y dos detrás), lo que les da un aspecto grotesco. Utilizan sus ademanes muy femeninos como marketing para conseguir vender unas chocolatinas que valen un sol (30 céntimos de euro) y de paso sueltan la pluma por la plaza.

Si fueran mas discretos posiblemente el machismo imperante los maltrataría, de esta forma solo arrancan sonrisas y venden más que otros vendedores.

 

Hay también dos monjas vendiendo helados y probablemente se trate de otro disfraz para el marketing porque no tenían pinta de monjas.

 

Si en la plaza de armas ves algún señor con una cámara de fotos colgada del cuello no se trata de un turista, evidentemente es el fotógrafo.

 

En una calle junto a la plaza todavía quedan mecanógrafos escribiendo cartas, instancias, etc a mano.

 

Yarinacocha es un lago que se forma en temporada seca y cuando crece el río por las lluvias desaparece y se funde con el.

Aunque es una mucipalidad separada de Pucallpa, realmente está muy cerca.

 

Según uno de los numerosos contertulios que uno conoce cuando viaja solo, estamos entrando en temporada de lluvias y el río ha subido un poco: ‘dos o tres metros no más’. Porque en estas tierras todo es muy grande, inabarcable.

 

Lo que se llamará Amazonas en Iquitos aquí es el Ucayali aunque es bien grandaso como dicen por estas tierras.

El lago es una especie de paraíso perdido, rodeado de selva  con barquitas que alquilan y otras que comunican con aldeas no mas alejadas que una hora de navegación.

 

El puertito, que todavía no ha conocido el asfalto y cuando llueve es un barrizal de película,  tiene mucho trasiego y en los restaurantes se come pescado de río aunque también anuncian ‘lagarto’ frito o a la parrilla (naturalmente se trata de cocodrilos).

 

Insisto con lo de anti-turística: ya me ha ocurrido dos veces de dejar un poco de propina y venir a devolvérmela. Cuando esto ocurre les repito que eso es para usted y entonces como extrañados me dan las gracias varias veces. (a que eso si que es exótico?).

 

Lima otra vez 10.2011

El centro histórico de Lima ha sido hasta hace poco un foco de delincuencia, con putas, chaperos (aquí llamados fletes) y rateros de todo tipo.

Pero los tiempos cambian y la municipalidad (el ayuntamiento) decidió acabar con esa lacra, en principio incrementando hasta la exageración la presencia de policías, y a continuación puso una legión de barrenderos, jardineros y otros servicios que no paran en todo el día, cual si una casada histérica se tratara, de limpiar sobre lo limpiado.

 

El caso mas curioso que hay este año es un empleado municipal que se ocupa de espantar a las palomas para que no se caguen en las hermosas flores que decoran la Plaza de Armas: las persigue con un palo y cuando no llega les arroja el palo.

El hombre cumple su trabajo al pie de la letra por lo que no esta quieto en todo el dia. Se pasa el tiempo correteando por entre las flores y, ofuscado por su tarea, de vez en cuando las pisa.

Como la ambulancia que corriendo para llevar al enfermo va atropellando gente a su paso.

El mes de octubre es un mes de procesiones, y la primera de todas,  la del cristo morado de mas de veinte horas de duración la mas importante, para lo cual cierran todas las calles por donde va a pasar, olvidando que Lima tiene diez millones de habitantes y sin prever los descomunales atascos que se originan. Todo sea por la fe.

Y puestas así las cosas dan ganas de salir para la selva.